En esta ocasión me voy a poner serio. Después de leer la biografía de Franco escrita por Paul Preston he llegado a una serie de conclusiones que quiero compartir con vosotros.
Durante la guerra Civil (tema del que no escribiré aquí) Franco destacó por su arrojo, pragmatismo y la crueldad despiadada inherente a cualquier guerra, sino más. Hubo muchos acontecimientos que confirmaron su liderazgo; liderazgo que en un principio los sublevados querían otorgar al general Sanjurjo pero las cosas sucedieron como sucedieron y Franco acabó invistiéndose Caudillo de España por la gracia de Dios (como aparecían en el reverso de las monedas de 25 pesetas). Franco concebía la Guerra Civil como una cruzada para salvar a la Patria en la que él era la persona designada por Dios para ejercer como su Caudillo.

El carácter de Franco para hacer política se basaba en tres cualidades: pragmatismo, ambigüedad y grandes dosis de cinismo. A partir de los años 60 abandonada ya la política económica de autarquía, delegaba cada vez más en sus ministros ante una realidad que en el fondo no entendía. Así aparecieron los “tecnócratas” ministros del Régimen que eran más técnicos que ministros y que impulsaron lo que se denominó erróneamente “el milagro español”, refiriéndose a las mejoras de las condiciones de vida y económicas de los españoles. Hay que destacar que siempre hubo diferentes facciones y guerras nada discretas entre sus ministros, que Franco abordaba con su ocasional ambigüedad, casi como si aplicara las leyes Darwinistas de la supervivencia del más fuerte.
En sus últimos años Franco dedicaba cada vez más tiempo practicando sus actividades favoritas como la caza, la pesca y el golf. Le gustaba la naturaleza pero esa virtud no le impidió poco antes de morir ejecutar a varios hombres ante el estupor y rechazo internacional. Si le tembló la mano al firmar la orden fue solo por el parkinson que padeció durante 10 años ,enfermedad que lo dejó inútil bastante tiempo antes de su muerte.
Al final de su vida sus ministros se dividieron en dos grupos. Por un lado los llamados “aperturistas” que abogaban por un cambio en profundidad del Régimen o los inmovilistas que querían preservar el legado político de Franco. Al final, abandonada ya la posibilidad de una restauración monárquica en las manos de Don Juan de Borbón y tras la muerte de Franco; Don Juan Carlos, su sucesor designado, jugó con habilidad sus cartas con el resultado que ya conocemos.
Franco fue cruel, intransigente, listo pero poco inteligente que obligó a 30 millones de españoles a vivir una dictadura con vencedores y vencidos que convivieron en un cuartel llamado España durante 40 años. Pero también fue sagaz, hábil en las ocasiones transcendentales (sobre todo en aquellas en las que peligraba de algún modo su posición) y en contadas veces bastante realista a pesar de su fervor anticomunista y a la indulgencia prestada por sus ministros y su propia familia.
Después de Franco vino la Constitución del 78 de la que yo soy descendiente. Muchos de aquellos que ahora quieren cambiarla lo hacen con la idea equivocada de que ésta es la sucesora de Franco. No lo es en absoluto. Estoy de acuerdo en que las condiciones en las que se votó no son las de hoy y que hay artículos que se podrían modificar pero se me eriza el pelo cuando lo pienso. Reconozco que hay que perder el miedo y ser decididos y valientes a la hora de afrontar posibles cambios tan transcendentales como ese. Pero una cosa tengo meridianamente clara: en nuestra Constitución no hay vencedores ni vencidos. Somos todos. Franco ya no está




