Quizás fue la primera vez que vi el cielo al anochecer, o tal vez fue la última, pero un recuerdo hermoso es un recuerdo hermoso, no importa cuándo empiezas a recordarlo. Tan solo importa su belleza, su intensidad y su significado.
Lo que narraré a continuación, querido lector, es un recuerdo que me atrapa por la trascendencia que tuvo en mi vida. Un recuerdo bello. Un recuerdo con significado. Un recuerdo intenso.
Cuando echo la vista atrás vuelvo a ser un niño asombrado e impresionable que estaba descubriendo el mundo. Supongo que fui un niño maravillado por la vida, demasiado sensible, pero también valiente y con arrojo cuando se peleaba con compañeros de más edad en el patio del colegio o cuando, por ejemplo, debÃa asumir las culpas por haber hecho alguna gamberrada.
Con todo, puedo asegurar que fui un niño feliz. Tuve una infancia completa y llena. Fui afortunado, pues no hay persona más dichosa que aquella que cierra las etapas de su vida dándoles un sentido.
Tuve muchÃsimos y queridos amigos. Al salir del colegio nos reunÃamos los compañeros que vivÃamos en el mismo barrio para jugar en la calle, que se convirtió en el mejor patio de recreo de todos los que podÃamos soñar.
Ya entonces podÃa intuir como eran mis compañeros y mis amigos por dentro. Quizás era un don, quizás empatÃa, pero acertaba siempre. Sencillamente sabÃa si esa persona valÃa la pena. Os puedo asegurar que ya en la niñez habÃa mucha diferencia entre unos y otros.
TenÃamos unos compañeros en clase que, cuando se reunÃan, se dedicaban a matar animalillos de formas horribles. Yo no lograba entender dónde estaba la diversión en torturar a esas pobres criaturas. Más tarde comprendà que esos niños crueles que mutilaban en vida a esos animales indefensos se convertÃan en déspotas directivos, en trabajadores sin escrúpulos, hombres incapaces de dar nada a cambio de nada (lo único que daban sin proponérselo era sufrimiento y miseria), personas sin capacidad de amar pero con ingentes recursos para odiar.
Un dÃa, yo debÃa de tener unos siete años, me enfrenté con un compañero en el patio del colegio que habÃa estado “jugando con lagartijasâ€. El juego consistÃa en cortarles la cola y después, encender un cigarro y meterlo en el morro del pobre reptil. El resultado: vÃsceras y sangre por doquier al llenarse el vientre de humo.
Indignado al ver su “juego†me acerqué sin disimulo y le di a mi compañero de clase un empujón que lo tiró al suelo. Al chocar contra su propia mochila repleta de libros, se cortó el labio y empezó a sangrar. Inesperadamente aquel chaval empezó a llorar, se levantó recogiendo su mochila y prometió venganza entre sollozos.
La venganza.

Pocos dÃas más tarde, al anochecer, yo estaba tendido contemplando el cielo en el parque cercano a casa mientras que Ram, nuestro perro, olisqueaba algo.
De repente noté una presencia cerca de mÃ. Al percibirlo creà que era un amigo del colegio pero de repente noté como me quemaba el rostro un lÃquido se extendÃa desde mi frente hasta la barbilla. Recuerdo el dolor. ¡Dios cómo dolÃa!
Aquel compañero de clase con el que me peleé me lanzó un lÃquido, que resultó ser ácido sulfúrico. Quedé desfigurado.
Recuerdo ese anochecer vivamente. Dicen que los invidentes que por un accidente se vuelven ciegos repentinamente, tienen un recuerdo especialmente significativo que los acompaña en su ceguera como la primera vez que dejaron de ver
Yo recuerdo aquel cielo que roban las estrellas a la Luna.
Y la Luna, que se lo roba al Sol. La misma Luna que se entrega completa para mÃ, en mi recuerdo.
Fue la última vez que vi el firmamento. Y la primera.
Un recuerdo doloroso pero bello.